NortedeChile, Vida

A mi amado y querido Potrerillos y El Salvador, HIJO DEL COBRE

potrerillos

Crecí bajo el amparo material de dos chimeneas de acero que aún fuman cobre, en medio de la arena eterna, donde el sol te besa oscureciendo la piel.

Pasado fue, cuando evitando la labia política y las tentaciones que producían las mini faldas que iban a nacer en la capital y regiones en los años 50, treparon a la región de Atacama, en la nariz de un cerro, buscando un pedazo de suerte llamada cobre, algunos campesinos que se le extravió la cosecha, algunos obreros cesantes debido al traspié de los señores hierro y salitre. Se nutría de esperanza esta tierra declamada al viento y son de dos chimeneas.

Mi abuelo trajo un pañuelo, un botón cocido de valor, una maleta de cuero calurosa, un par de cartas hechas verdad, un ruido que era hambre, una flor que era deseo y luego fue su honor.

Luego nació mi Padre, jugó libre en su niñez hasta que su adolescencia le pidió buscar futuro. Cuando las universidades aún enseñaban algo regreso a estos cerros, en un momento donde el mundo y los procesos le pedían la jubilación a los trenes y el país se debatía entre una izquierda ilusa y una derecha económica.

Luego nací yo, y las chimeneas ya tenían más tiempo para dejarme soñar entre los cerros casi blancos que me cuidaban. Llegaba la hora en que los miles de dólares y el derecho del ambiente, se hiciera escuchar en nuestras economías.

De nada sirvió la defensa de las historias pasadas y sentimientos de las caras y manos partidas por el sol y el ácido Lord Cobre. Se moría un mundo sin micros, sin estacionamientos, sin ladrones con odio.

No necesitábamos usar el Metro para vivir, ya que el único metro existente era el que todos teníamos como diámetro para caminar libremente y sentirnos seguros, para soñar y ser verdaderamente niño. Para poder correr sucio, jugar con tierra y cruzar sin mirar entremedio de las calles, hasta celebrar el último gol.

Cuando los pelos me robaban la niñez a zancos, diciéndome adolescente.

Vi como las iglesias evangélicas nacían para pronto morir.

El pan se contaminaba día a día por el humo exportador, debíamos partir algo me lo decía. El colegio se iba a la quebrada para que dejáramos de toser.

Mi corbata nunca cambio el color azul.

Todas las idas eran subidas.

Las vueltas eran una bajada.

Mi madre a veces lloraba por incomprensión o por sobre exposición.

Un día hubo velas y a mi lado un mocoso me regaló el nombre de hermano.

Me dijeron miles de veces se acabó y aún me pregunto el porqué.

Huí antes de ver el “The End”.

Llegue a un lugar en donde el camino de llegada es el mismo de partida.

Alguien me dijo que era “El Salvador”.

Volví a empezar…

salvador

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